Lun. Jul 13th, 2026

Por Ronny Leonardo Padrón Pérez

Opinión

LA NUEVA ANTORCHA.- Nada fácil, habida cuenta que esta comenzó a perderse desde el momento mismo en que la responsabilidad ciudadana cedió lugar ante la codicia del espíritu minero. Bien podríamos fijar el 1ro de enero de 1976 con la estatización del negocio petrolero como la fecha de inicio para tan grave decadencia; entendemos sin embargo que se trata de una debacle colectiva cuyas dimensiones sociológicas superan por mucho el solo hito del crono.

Porque hablamos del trabajo como legítimo instrumento para llegar a ser cooperadores de Dios en su obra de creación, base para la fundación y consolidación de toda gran sociedad. Un postulado elemental para el desarrollo de los pueblos, que siempre resultará truncado con esa receta socialista basada en imponer un Estado propietario y gerente de la riqueza nacional, que siempre termina haciendo del ciudadano su esclavo, adicto a las dádivas y beneficios ¨gratuitos¨. De allí a la vigente depravación nacional solo mediaba algo de tiempo.

Pero ese estado de cosas no tiene por qué ser permanente ni irremediable. Si bien es cierto que resulta lógica esa pretensión del régimen de facto socialista, genocida y narcoterrorista por continuar dominando a la República de Venezuela de manera forzada, e irrespetando la soberanía popular que pueda expresarse el venidero domingo 28 de julio, no es menos cierta la justificación ética e incluso la obligación moral de los patriotas criollos para persistir en la restauración plena del orden constitucional por todos los medios consagrados en el Derecho, con la sola limitación reservada en sus postulados.

Lo contrario, es decir someternos pasivamente a la continuidad tiránica del PSUV, transgresor irredento de la voluntad popular, significaría ni más ni menos que la extinción de la República de Venezuela, para dar paso a un nuevo territorio-cárcel regido por la ley de la selva, émulo de Cuba, Nicaragua, Corea del Norte, Rusia, la República Popular China, o Irán.

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Resulta obvio que el precitado escenario no tiene nada en común con los orígenes de nuestra nación y mucho menos con la épica que fundamenta nuestro acervo histórico. Quién nos podrá hacer creer que esa generación dorada de venezolanos que enfrentó con éxito al Imperio Español fue producto del azar, o bien que aquella otra, desafiante a un Juan Vicente Gómez solo tuvo algo de suerte. Ni que decir de la más reciente hornada esa que puso fin a los crímenes de Marcos Evangelista Pérez Jiménez.

Son mayores las razones para creer que nuestra Pequeña Venecia ya parió otra generación dorada, la que hará respetar la soberanía nacional expresada a través del sufragio y que no se detendrá hasta hacer de Venezuela el país grande y próspero que La Providencia nos preservó. Oración y trabajo.
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