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Supo que la habían golpeado, le habían roto las piernas y los brazos y la habían lanzado en un riachuelo. También se dio cuenta rápidamente que no pudo sobrevivir a las heridas

Con información de France 24

Internacionales

LA NUEVA ANTORCHA.- El transfeminicidio de Sara Millerey no solo reveló la brutalidad y el odio que la población trans soporta en Colombia, sino que también destapó una furia acumulada de años de violencia, discriminación e impunidad. Su cruel asesinato ha encendido las calles de Medellín y otras ciudades, uniendo a la comunidad trans en una protesta que exige Justicia, garantías de seguridad y el elemental derecho a vivir.

A Sara Millerey le gustaba bailar. Tenía un don innato. Era imposible no fijarse en ella cuando salía a la pista baile. Ahí siempre se veía alegre. “Le gustaba mucho bailar la música del pop, la de los 2000, que fue la de Britney, la de Cristina, la de Jennifer Lopez, todas esas cosas”, asegura Ginna*, una de sus mejores amigas. 

Ginna, que pidió hablar en condición de anonimato y con un pseudónimo, se siente inmersa en la incertidumbre luego de que Sara, una mujer trans y su amiga, fuera asesinada. Fue una de las primeras en enterarse. Supo que la habían golpeado, le habían roto las piernas y los brazos y la habían lanzado en un riachuelo. También se dio cuenta rápidamente que no pudo sobrevivir a las heridas. 

Fue de las primeras en ver el video de Sara, que luego se viralizó en las redes sociales y que ha sido catalogado de revictimizante por la crudeza de las imágenes, la indefensión de la víctima y la pasividad de los espectadores. En el video se la veía sufriendo en el riachuelo, sosteniendo lo que le quedaba de vida. Nadie -a excepción de su madre- la ayudó.

“Es muy triste que esto se haya publicado así y que todo el mundo haya visto una situación así”, asegura Ginna. “Es pesado, es violento, es triste”, añade. 

Una fotografía que Sara Millerey subió a sus redes sociales
Una fotografía que Sara Millerey subió a sus redes sociales © Redes Sociales

Sin embargo, dice que el video mostró una realidad a la que se enfrentan las mujeres trans en Antioquia, en el noroeste de Colombia, y que suele pasar desapercibida:

“Nunca se habrían dado cuenta de todo lo que realmente nos pasa a nosotras.  Siempre dicen ‘la población vulnerable’, pero no saben qué tan vulnerable”, argumenta.

Según cuenta Ginna, no es la primera vez que “le pegan o maltratan” a las mujeres trans de ese departamento y cuenta que en numerosas ocasiones han sido víctimas de “palizas” y “puñaladas”.

Desde el día del transfeminicidio de Sara, a ella y a muchas de las mujeres trans de Bello —un municipio cerca de Medellín, la segunda ciudad más grande de Colombia— han sido amenazadas.

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Ginna es trabajadora sexual, igual que Sara, y afirma que ahora tiene miedo de recibir a sus clientes. Le han llegado muchos mensajes, 30, 40 al día. Cifras así no son habituales. Cree que algo está pasando en Bello.  

Enciende un cigarrillo y lo agarra con delicadeza entre sus dedos. Tiene unas uñas largas, color rosa. A pesar de todo, se le dibuja una leve sonrisa.

“A Sara la recuerdo desde hace más o menos 20 años”. La conoció incluso antes de que comenzara su transición. 

“Era muy alegre, muy bonita, tenía buena actitud, se arreglaba bien, era buena amiga”, recuerda. 

Luego, el tono de voz de Ginna se alegra aún más casi llegando a la risa. Cuenta que incluso llegaron a “compartir” un novio. “Nos tenía enredadas a las dos, pero siempre siendo muy buenas amigas”, relata. 

Ginna, una de las mejores amigas de Sara, que habló en condición de anonimato.
Ginna, una de las mejores amigas de Sara, que habló en condición de anonimato. © Juan Carlos Zapata

También cuenta que Sara le confió que tuvo problemas con algunas sustancias, una realidad en la noche y en las calles de Medellín, pero recuerda que la última vez que la vio estaba bien. “Ese día estaba bien vestidita, se había acabado de bañar, nos encontramos como a las 5 de la tarde, estuvimos juntas como hasta las 10, 11 de la noche, comimos helado, tomamos café, fumamos cigarrillo, miramos muchos hombres que pasaron”, recuerda.

“Ese día ella estuvo siempre muy sobria, entonces hablaba muy bien, se podía expresar bien, y fue una conversación agradable la que tuve con ella. Hablamos de muchas cosas, hablamos de mi vida también, de los novios, del exnovio de ella”, añade.

Aun así, Ginna percibió cierta tristeza en Sara. “Me expresó que mantenía muy aburrida a veces, que se sentía muy sola, que a veces sentía que la vida no había sido muy buena con ella”, señala. 

Sara también escribía poemas y cuentos. Incluso llegó a escribir su historia. Una que ahora guarda su madre. “Ella fue muy buena hija, era muy buena con la mamá”, afirma Ginna. Y recuerda algunos de los sueños de Sara que le fueron truncados. 

«Siempre soñó con darle una casa a la mamá, porque la mamá no tiene casa propia»

La violencia le arrebató a su amiga y ahora le preocupa su seguridad. “Yo la he sentido y la he visto en carne propia, con mis propios ojos he visto cómo han atacado a muchas, cómo han matado a otras”, asegura. 

Ginna afirma que el rechazo a las mujeres trans es evidente en Antioquia. “La gente lo deja ver con su mirada, con los gestos”, dice, y remata: “Nosotras no les caemos bien”.

La resistencia trans en Antioquia

El asesinato de Sara aún conmociona a la población LGBTIQ+ en Colombia. Y en Antioquia distintos colectivos se han movilizado para que se haga Justicia y demandar garantías de seguridad para todas las personas en ese departamento que tienen identidades de género y orientaciones sexuales diversas. 

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Una de las manifestaciones contra el olvido toma forma de arte. En una de las principales vías que conectan a Medellín con el centro del país se citaron diferentes colectivos LGBTIQ+. El objetivo: inmortalizar la imagen de Sara en un mural. 

Al evento acude Valery Parra, directora de la corporación defensora de los derechos humanos ‘PETRA’ – Personas en Tránsito y presidenta del sindicato de trabajadoras sexuales de Medellín.

Valery saluda con efusividad a los asistentes al evento, dice que esos encuentros son como un «refugio» de una realidad que toca diariamente a las personas con experiencias de vida trans en Antioquia. 

Valery Parra, directora de la corporación defensora de los derechos humanos ‘PETRA’ - Personas en Tránsito y presidenta del sindicato de trabajadoras sexuales de Medellín
Valery Parra, directora de la corporación defensora de los derechos humanos ‘PETRA’ – Personas en Tránsito y presidenta del sindicato de trabajadoras sexuales de Medellín © Juan Carlos Zapata

“La vida tan crítica que llevan las personas trans en este territorio no es de ayer, no es de hace 15 días, no es del año pasado. Las personas trans venimos atravesando una situación sistemática de asesinatos”, asegura Valery. 

En lo que va del año, según cifras del Observatorio de Derechos Humanos de Caribe Afirmativo, al menos 29 personas LGBTIQ+ han sido asesinadas en Colombia. Más de la mitad de las víctimas han sido personas con experiencias de vida trans. 

Según esta organización, para la fecha en que fue asesinada Sara, 13 de estos casos habían ocurrido en Antioquia. 

Para Valery, parte de esta situación se explica porque Antioquia es un territorio aún muy conservador y “muy machista”.

“A las mujeres trans o personas trans nos dejan siempre a un lado, nos usan como campaña publicitaria mas no para la toma de decisiones”, recalca. 

“En Antioquia ser una mujer trans todavía sigue siendo una sentencia de muerte, una sentencia de exclusión porque minimizan nuestras capacidades tanto laborales como educativas y nos condenan a trabajos informales o a trabajos donde hay mayor riesgo”, agrega. 

Mientras Valery habla, el mural de Sara sigue tomando forma. Una enorme bandera trans se apodera de la pared. Y sobre ella, el mensaje es claro: “El odio nos está matando”.

Fue la frase que escogieron los artistas del mural, quienes también pidieron mantener su anonimato. Han recibido amenazas por intervenciones previas en las que han denunciado otros tipos de violencia en la ciudad de Medellín. 

Mural en conmemoración de Sara Millerey.
Mural en conmemoración de Sara Millerey. © Valery Parra

Con cuidado, le dan forma a los ojos de Sara y a sus cejas. Las borran una vez. No es lo suficientemente parecida a la foto original. En ella, Sara porta un vestido negro, tiene una cadena en el pelo y en el cuello, un maquillaje perfectamente delicado. Sonríe. 

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“Hoy estamos conmemorando atrás un mural con la foto de Sara. No podemos olvidarlas (a las mujeres trans asesinadas) aunque ya no están con nosotras, siguen en nuestra memoria y son el motivo de nuestra lucha”, sentencia Valery. 

«Digna rabia»

El transfeminicidio de Sara ha encendido las calles de Colombia. En Bello, una semana después de su asesinato, colectivos, activistas y la ciudadanía en general recorrieron el municipio en una protesta. Llevaban antorchas, y al final de la procesión encendieron una fogata como símbolo de su rabia.

Tony Ardila, un joven trans y presidente del Consejo Municipal de Juventud de Bello, destaca la magnitud del movimiento: “Nos unimos todos por una misma causa, y eso la verdad da un respiro de esperanza, porque así como hubo esa indiferencia, esa apatía, hacía muchas situaciones, la cara de la moneda nos demuestra que todavía hay personas humanas, que todavía hay personas que se sensibilizan, y se conmueven por algo que es totalmente ajeno”, comenta.

Tony, que lleva ocho años de transición, recuerda vívidamente el impacto del video de Sara.

“No podía procesar lo que estaba viendo. Las imágenes eran tan fuertes. Me dije: esto pasó al lado de mi casa y no me di cuenta”, relata. La reacción fue inmediata: jóvenes LGBTIQ+ del municipio se movilizaron con rapidez. “Si dejamos pasar esto, se va a repetir”, expresa.

Tony Ardila acude a una manifestación por el asesinato de Sara Millerey.
Tony Ardila acude a una manifestación por el asesinato de Sara Millerey. © Marcela López

Todo comenzó como una idea sencilla, una velatón. Luego se transformó en una manifestación masiva que incluyó a colectivos, instituciones y residentes del barrio.

“Por primera vez vimos en un plantón a todo el mundo alzando su voz y rasgando su alma, sus vestiduras, por una misma causa. Desde el sector más privado, hasta el sector más callejero, más popular, estuvimos conjuntamente movilizándonos”, afirma Tony.

Este caso, según él, no es aislado, y esa es precisamente la razón por la que la movilización no debe cesar. “Tenemos que recuperar esta historia, contarla, para que las personas que vienen detrás no enfrenten un camino tan hostil, no tengan que esperar tanto para acceder a un tratamiento hormonal, o a una cirugía”, señala.
Se colocan velas cerca de un mural de Sara Millerey, una mujer trans que fue torturada y asesinada, durante una protesta contra su transfeminicidio en Bogotá, Colombia, el 9 de abril de 2025.
Se colocan velas cerca de un mural de Sara Millerey, una mujer trans que fue torturada y asesinada, durante una protesta contra su transfeminicidio en Bogotá, Colombia, el 9 de abril de 2025. REUTERS – Luisa Gonzalez

Las organizaciones LGBTIQ+ insisten: el asesinato de Sara es un reflejo de la violencia estructural que enfrentan las mujeres trans en Antioquia y en Colombia, donde ser una persona trans sigue siendo una condena de exclusión y peligro.

Las llamas también llegaron a Bogotá, donde cientos de personas se reunieron en una velatón organizada en la capital. La indignación por el asesinato de Sara también ardió en la capital, con un mensaje: garantías de seguridad para la población trans y Justicia para Sara. Pero los responsables siguen sin ser identificados.

“La gente es muy malvada, en las redes sociales nos buscan, nos hacen daño, nos maltratan, como le pasó a la hermana también… Queremos Justicia porque no queremos más asesinatos contra nosotras, las mujeres trans”, expresa Samantha, una de las asistentes a la velatón.

El caso de Sara parece marcar un nuevo punto de quiebre para la población trans de Colombia. La respuesta en las calles refleja una demanda acumulada durante años: que vivir con identidad diversa no siga siendo una condena.